No es la primera vez que sucede. Ni en Concordia ni en alguna otra ciudad. Las estadísticas oficiales recientes señalan que en los últimos dos años en la Argentina, solo a través de la Línea Nacional contra el Abuso Sexual Infantil, fueron atendidas 3.049 víctimas (incluyendo adultos y niños, niñas y adolescentes).

De las víctimas atendidas, el 69% corresponde a niños, niñas y adolescentes. De ese total, siete de cada diez víctimas menores de 18 años son niñas. El rango etario con más víctimas es el de 12 a 17 años. Entre Ríos figura en esta estadística con 14 casos denunciados. Y son solo los que llamaron por teléfono.

Como en cada informe, se resalta la dificultad que este delito presenta a la hora de denunciarlo, ya sea por el vínculo familiar con el agresor, por las trabas que pudiera haber en algunas ciudades para acceder a la Justicia, o por la exposición social que podría generarse.

En el caso de la denuncia sobre presunta violación en un cumpleaños de 15, aquí en nuestra ciudad, las redes sociales nos mostraron dos lados de una misma moneda: facilitaron que el abuso salga a la luz, pero al mismo tiempo expusieron a la víctima y a los agresores a una plataforma virtual pública de muy difícil dominio, con la particularidad de que los presuntos agresores son menores de edad.

¿Son ellos también víctimas del patriarcado y el machismo que los crió? ¿Son ellos también víctimas de la generación de adultos que los enseñó, esa misma que hoy revictimiza a la niña por “haber ido sola al río” confiando en sus compañeros?

Si se comprueba la agresión sexual, los presuntos victimarios, al ser menores, no tendrán pena legal.

¿Qué hacer con esos niños/adolescentes varones? Muchos de sus pares ya no son lo mismo que eran. En el avance de esta nueva generación de adolescentes, sus amigos varones, una gran mayoría, tienen muy en claro los parámetros de respeto a la mujer y a la diversidad sexual. Nos enseñan día a día.

Es necesario que en este convivir de cambios generacionales, todos los niños, niñas y adolescentes estén acompañados por una generación de adultos y adultas a la altura de la historia, no solo que condenen sin tibieza la agresión, sino que se esfuercen por erradicarla del abanico de posibilidades.

No es fácil, porque implica un incómodo trabajo de autocuestionamiento sobre las formas y vínculos que les mostramos a nuestros hijos e hijas. Y todos lo hemos hecho, festejando alguna vez un chiste machista, o riendo con algún episodio desagradable de Olmedo y Porcel. Y no vale ser hipócrita.

Es urgente que como generación, hagamos el esfuerzo de mirar hacia atrás, y condenemos más enfáticamente aún nuestras propias prácticas, para dejar de una vez por todas de alimentar estadísticas, para dejar de engrosar datos que duelen.

Los adolescentes de hoy están haciendo historia. Vergüenza debería darle a aquel adulto que se resista a este aprendizaje. -

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