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La campaña que concluyó fue tan desapasionada como atípica. Esto último quedó especialmente evidenciado en las listas “oficiales” de las dos principales fuerzas políticas en disputa. Que sin ruborizarse copiaron acciones distintivas de sus adversarios, con el objeto claro de ir por el votante que respectivamente les es esquivo o está indeciso.

De esa manera, lo que se presentó como la lista oficial dentro de CAMBIEMOS -al menos en Concordia- prescindió para el tramo final de los timbreos digitados y la calidez de entidades afines.
En lugar de ello se arriesgaron a deambular sin red la ciudad, poniendo sus precandidatos al alcance de la gente.

Hasta hace pocos años, la caravana de cierre era la eucaristía en la liturgia de toda campaña peronista.
CAMBIEMOS la reversionó pero solo en los intérpretes. Ya que en la puesta en escena no faltaron los parlantes, las banderas, los militantes repartiendo folletos y hasta los bombos. Si, leyó bien, hasta los bombos.

La apuesta fue fuerte y no tuvo reparos. Por eso a la caja de una de las camionetas se subió el propio Rogelio Frigerio, quien no vino a Concordia en su rol institucional de Ministro del Interior, sino porque fue el arquitecto de la propuesta encabezada por el radical Atilio Benedetti.

Frigerio admite la paternidad de la criatura electoral más robusta de la oposición en Entre Ríos y por ende tampoco esconde su interés de hacer una buena elección en este distrito. Aún a costa de alimentar ese mote -no huérfano de elogio- que lo presenta como el más peronista de los macristas.

Quizás, así como a Enrique de Borbón se le atribuye la frase “París bien vale una misa” y justificar su conversión al catolicismo para poder reinar en Francia, Rogelio Frigerio puede haber asimilado que Concordia bien vale una caravana, si eso termina por seducir a los indecisos en la llamada capital provincial del peronismo.
Duranbarbizados
Por su parte, en la noche de este jueves, Gustavo Bordet cerró la campaña de la Lista 2 de “Somos Entre Ríos” en un salón de fiestas de Concordia.
Sin haber ingresado a dicho local y sentado en su motocicleta, el histórico puntero barrial Miguel Segovia se lamentaba desconcertado, porque “ni siquiera cantaron la marchita, ni una estrofa al menos”.

No fue un error. Por el contrario. Deliberadamente el acto no tuvo casi ningún elemento que aludiera a la mística, el folclore y la simbología tradicional de lo que siempre caracterizó al Movimiento Nacional Justicialista.

Varios de los presentes no tardaron en señalar que la ordenada presentación del auditorio, la pantalla gigante y los banners los desconcertaba.
Si bien en su sano juicio nadie esperaba un puesto de choripanes en el coqueto salón, la presentación sin estridencias partidarias hasta se podría decir que dejó más de un concurrente desencantado.

Pero poco importaba eso. Con el paso de los minutos se pudo asimilar que toda esa escenografía, el ingreso de los precandidatos en formato reality y sobre todo las cámaras transmitiendo el cierre a través de televisión, de Youtube y de Facebook confirmaban que el mensaje no tenía como destinatarios a los invitados en el salón.

Los receptores del trabajado mensaje estaban en el resto de la provincia de Entre Ríos, delante de pantallas de distintos tamaños y si bien era importante lo que escucharan, era mucho más relevante lo que vieran.

Todo el acto tuvo el sello sobrio, parsimonioso y aglutinador del contador Gustavo Bordet.
Por eso, si bien no faltaron las críticas al gobierno nacional, fueron en el volumen moderado y ecualizado que desde hace un tiempo estableció el hombre que -según la mayoría de las encuestas- tiene más de un 60% de imagen positiva en la provincia de Entre Ríos.

Los guionistas del cierre de campaña de la lista oficial del justicialismo no reniegan de sus raíces, siguen igual de peronistas.
Simplemente entendieron, al igual que sus pares y adversarios de CAMBIEMOS, que no debían desaprovechar sus últimas cartas para insistir con los que ya están convencidos. Sino ir por aquella franja cada vez más amplia de gente, que en algunos casos, llega a la hipérbole de preguntar qué es lo que se elige el domingo.

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