La escena es lejana, casi en blanco y negro, pero quedó para siempre en varios de los que arrancamos aquél 6 de abril de 1990. Cada vez que nos encontramos, lo recordamos. Porque ese lugarcito fue un símbolo para empezar a construir, sin saber hasta dónde íbamos a llegar con esa idea loca.

La vieja casa de Pasaje Baucis tenía un living y una habitación. Cinco sillas (tres de ellas regaladas por un viejo gremialista, fallecido hace una década), dos máquinas de escribir, una mesa larga y un escritorio comprado por mi padre en la década del ’60, cuando soñaba tener un rincón para hacer changas administrativas en su casa, en horas de la tarde. La puerta de lata era lo menos estético para el acceso a un semanario, pero era lo que había. Todos sabíamos que si a ese lugar alguien quería ingresar por la fuerza, no se tenían que esforzar demasiado. Alcanzaba con apenas un empujón.

Adentro, en esas piezas oscuras, de polvillo permanente y mucha humedad, únicamente había sueños. Y nadie se quejaba de las incomodidades; de la falta de sillas o máquinas para escribir.

-¿Pero ustedes se fijaron que en el techo hay una piecita que la podemos transformar en algo? -preguntó César García un día, en una fría mañana de mayo. A las pocas horas, todos estábamos pintando a la cal y acondicionando esa habitación de no más de tres metros por dos. Pasó a ser la sala de diagramación y armado, pero también el depósito de las revistas que nadie quería comprar. Nunca pudo ser climatizada. El frío entraba por todos lados y no había estufa que pudiera bancarlo. La brisa helada entraba por la ventana de vidrios rotos, pero también por la otra puerta de chapa de su acceso que, encima, tenía otra particularidad: cada vez que se abría hacía volar todos los originales y las pruebas de cada página. Pero César tenía la paciencia del buen chaqueño. Puteaba un ratito nomás y enseguida continuaba con la tarea.

No éramos más de seis o siete los que un día de febrero de 1990 nos juntamos y decidimos, contra viento y marea, hacer todo para transformarnos en semanario. Luis María Serroels, el Nono Ruiz, Antonio Tardelli y Fabián Uranga se anotaron en el arranque. A la semana, ya éramos más de 10, con el Nico Bachetti, Tomás Ojeda, Fulvia Polentini y su eterno novio y pareja, el Pitu, quien de inmediato se puso a armar un taller de periodismo para jóvenes, de donde salieron varias plumas con el correr de los días.

“Ustedes están locos”, nos dijeron. “¿Cuánto pueden durar?”, preguntaron otros. Ese pequeño lugar, rodeado de calles de piedras y vecinos azorados con el movimiento que empezó a generarse, existió por cuestiones demasiado simples. Allí se empezó a respirar libertad, se supo de utopías y la mística estaba en cada rincón. Y no era poco. En verdad, era suficiente; no se necesitaba más, aunque la política del individualismo, el consumismo, el “primero me salvo yo” impuesta por el nuevo gobierno nacional menemista, ya comenzaba a respirarse. A cambio, habían quedado en el camino la muerte “de las ideologías”; el indulto a los excomandantes; el abrazo con el grupo Bunge & Born y después con el almirante Isaac Rojas, el mismo de la denominada Revolución Fusiladora, aunque en los libros decía Libertadora.

Eran días en que el mensaje únicamente llegaba por el viejo matutino, la antigua radio o el canal oficialista que acababa de caer en manos de Alejandro Romay. Había que contar las cosas de otra manera. Esa fue la clave: contar la otra historia, con independencia y compromiso, contra viento y marea.

No teníamos 15 días de vida y ya eran ocho las cartas documento que estaban sobre el escritorio; varios llegaron a quejarse personalmente y no faltó quien optó por intimidar por teléfono. Esos mismos quejosos dejaron de hacerlo cuando, a los pocos días, no sólo se encontraron con que en la revista se insistió con los respectivos temas, sino que además se mostraron pruebas en las mismas ediciones y se contó en detalle la forma en que se había querido presionar para torcer una información.

Nadie de esos señores de saco y corbata que llegaban a la Redacción podían entender que allí había que hacer turno para conseguir una máquina de escribir, hablar por teléfono o no había sillas para que esperaran sentados. Que no había conductas marketineras y era más importante tener el mate siempre listo a ofrecer un café. Que si esperaban mucho tiempo tenían que atender al cartero que llegaba cuando se le antojaba o atender a la gente que llegaba hasta la puerta a reclamar por algo. “Esto en El Diario o en LT14 no pasaría; ustedes son unos irrespetuosos”, decían, casi a coro, los abogados que llegaban hasta Pasaje Baucis a exigir alguna respuesta. A todos se les respondió lo mismo: “esperen a la próxima edición; allí vamos a responder y tendrán réplica”. Ninguno de los letrados apareció después de ese próximo semanario, porque se encontraron con documentación que respaldaba los consignado y no había demasiado margen para cuestionar lo denunciado días antes.

Nos empezamos a convencer de que se iba por el buen camino. Justamente, queríamos imponer estilos diferentes, aunque se pensara que el hecho de revelar cosas ocultas era una irrespetuosidad en una sociedad conservadora, acostumbrada al silencio y al ocultamiento de información durante muchas décadas, a cambio de mantener siempre vigente las relaciones carnales de un poder enquistado, en el que todos tenían cargos, negocios e intercambian favores con el Estado; donde parecía difícil romper un código, por más sano que fuera. Donde la hipocresía y la falta de memoria iban de la mano.

Eran no más de 20 páginas, pero no había forma de terminar la edición temprano para su entrega a la imprenta. Unicamente había una Xerox eléctrica que se terminó de pagar en cuotas casi cinco años después, que no dejaba de escupir originales y en la que el tipeador, ya sea el Nico o el Tipi más de una vez se dormía sobre su teclado en las madrugadas, porque hacía más de 10 horas que estaba sentado. Todos sabíamos que los martes arrancaban a las 9 de la mañana y recién terminaban a las 10 del día siguiente. Que había que robar letras de títulos de diarios nacionales (porque la única impresora de las cercanías estaba en Santa Fe y cerraba a las 6 de la tarde), pensar tapas tentativas aún antes de saber con qué se iba a salir o pegar cada palabra con la boligoma que aún tenía líquido, al momento de la corrección. Que no había chequera para pagarle a la imprenta, que siempre era más el dinero que salía que el que entraba y que las deudas nunca se terminaban. Que la gente nos alentaba por la calle, pero a la hora de pautar publicidad optaban por otros medios. Muy pocos dijeron: “Yo quiero que haya un periodismo que investigue, que llegue hasta las últimas consecuencias, que enfrente a los gobernantes y les exija”. Felizmente, hubo de esos pocos.

Cada uno de los integrantes de ese semanario sabía que podía hacer uso de su libertad. Que con esos escritos algo, por más pequeño que fuera, podía modificar de esta sociedad entrerriana; que el reclamo del agredido no iba a ser censurado por ser amigo o pariente de tal; que el grito de ese joven detenido en forma irregular podía leerse en las páginas, porque los periodistas decidíamos qué era y qué no era noticia. No iba a llamar un juez (aunque más de una vez lo hicieron), un funcionario o un representante de la Iglesia para condicionar una información. Si la noticia estaba chequeada, si los datos cerraban, su publicación era una realidad. Si esa libertad determinaba errores, había que subsanarlos, porque tampoco existía esa soberbia que muchas veces le cuelgan -y en forma acertada- a un amplio sector de la prensa, con un afán de protagonismo superior al de la noticia.

Siempre supimos que el camino optado era el más difícil. Lo más sencillo es colocar un micrófono, que el funcionario-magistrado-gremialista-gobernante diga lo que quiera sobre lo dicho o publicado y difundirlo. Lo más sencillo es redactar publinotas; entregarles un premio a fin de año y recaudar de las más variadas formas, sin importar el rumbo ni el estilo periodístico. Hubiera sido fácil decir: “Si otros lo hacen, ¿por qué no nosotros?”.

Lo más complicado fue enfrentar al poder con sus contradicciones, sus errores, sus resoluciones, sus bajezas. Y nunca dudamos en denunciar esos abusos del poder y acudir a la justicia cuantas veces fuera necesario, a presentar las pruebas por esas revelaciones, que molestaron y molestan a diferentes sectores.

Fueron 30 años de muchos sinsabores, pero también de silenciosos reconocimientos, primero en la provincia; luego en el resto del país y también en el exterior. Hubo momentos muy difíciles, pero supimos afrontarlos. Fueron desde la amenaza hasta la intimidación concreta; desde el comunicado hasta la solicitada gentilmente recibida y abonada con creces. Desde la operación absurda y reiterada hasta las denuncias en Tribunales, para luego soportar juicios orales y públicos, en el banquillo de los acusados, donde los abogados acusadores le exigían al juez de turno penas de prisión y limitaciones en el ejercicio profesional. Pese a esos intentos del poder contra este medio nadie pudo comprobar, judicialmente, que se actuó de mala fe o que se publicaron supuestas infamias como muchas veces se intentó instalar en la opinión pública. Existió el apriete, la mala leche de muchos (lamentablemente demasiados), la extorsión, los intentos de soborno, los golpes bajos y la soberbia. Pero también existió el aliento, la comprensión, el afecto, el abrazo generoso, el saludo anónimo, la carta emocionante y la solidaridad. Y los corruptos terminaron presos y los abusadores sentenciados, después de las investigaciones de este medio y el accionar de la justicia, que terminó confirmando lo publicado.

Todos estamos más grandes, golpeados y dolidos por esta pandemia, que este año ni siquiera nos dejó salir a la calle. Los recursos económicos son cada vez más escasos y como todo medio gráfico pequeño, no sabemos muy bien hasta cuándo seguiremos en papel. Esa es la realidad. ANALISIS nunca se pensó de otra manera. Nunca hubo utilidades, nunca se pudo comprar una propiedad ni contar con un vehículo a nombre de la pequeña empresa. Y pudimos sobrevivir como pudimos, a fuerza de pulmón y demasiado esfuerzo. El único patrimonio de este medio fue formar generaciones de periodistas, en función de instalar otra manera de hacer periodismo. La gran mayoría siguió esa línea y eso nos hace felices. Porque quiere decir que la tarea está cumplida.

Cada uno de los que pasaron por ANALISIS sabe qué hizo y qué no hizo. En qué se equivocó o con qué creció. Todos sabemos –o por lo menos los más de 50 periodistas que pasaron por esta Redacción- que no fue fácil sobrevivir en medio de una sociedad que nos exige día a día a quienes ejercemos el periodismo; que nos controla, que nos pide todo el tiempo más severidad contra los poderosos, los mafiosos o narcotraficantes, pero les cuesta involucrarse o comprometerse. “Díganlo ustedes y está bien”, acotan.

Acá nadie bajará los brazos. En la web, en la revista esporádica, seguiremos respirando libertad, memoria, compromiso y utopías. Queda mucho por hacer y las nuevas generaciones tendrán que continuar demostrando su fortaleza y pasión. Para seguir apostando al buen periodismo, más allá de errores y cuestionamientos. Es lo que intentamos hacer en estas tres décadas.

DANIEL ENZ- Director y fundador de la revista ANALISIS.

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