Para indagar un poco más en toda su historia, Diario Río Uruguay dialogó con el fundador original del resto y su actual dueño. Ignacio Lapiduz y Leandro Lapiduz respectivamente. Padre e hijo. Por un lado el mentor y por otro el heredero de un sello que supo reinventarse para seguir vigente.

Lapiduz Padre comenzó su relato recordando que “El Ciervo arrancó allá casi 1965" y surge "ante la necesidad de tener una ocupación de mi parte, que recién había salido del servicio militar”. En aquel entonces, en un viaje por Tucumán, “mi hermano mayor me propone una actividad: un restaurante ubicado en la ruta -que en ese momento era- la antigua carretera Urquiza, hoy avenida Eva Perón".

En ese entonces, esa arteria de acceso norte a Concordia vio como surgía una propuesta gastrionómica "principalmente pensado para los camioneros y viajantes que pasaran por el lugar”. Sin embargo, según recuerda con una sonrisa irónica, “nunca paró ningún camión ni ningún colectivo”. Con mucho de salto arriesgado El Ciervo nace "como algo muy improvisado, porque yo ni siquiera era gastronómico”, reconoce el mayor de los Lapiduz.

Para contextualizar la organización de la ciudad en aquella época, el restaurante estaba ubicado frente a lo que era el predio de la Sociedad Rural, donde actualmente se encuentra el Salón de las Américas. Según lo describió su fundador “era un rancho de paja, en el que arrancamos sin tener idea de nada" y que se pudo cristalizar "con la ayuda de muchos generosos concordienses”.

En esa locación funcionó alrededor de 4 o 5 años, para después trasladarse “a un local en el centro de la ciudad,", insistiendo conque ese sector que hoy tiene al frente la plazoleta Sociedad Rural "quedaba en las afueras de Concordia” y por eso “funcionaba bien los sábados a la noche y los domingos al mediodía, pero durante los días de semana se dificultaba llegar hasta allí”.
Desembarco en el centro
Con el tiempo, El Ciervo llegó para instalarse en calle Pellegrini, a mitad de cuadra entre Buenos Aires y 1° de Mayo, donde actualmente se encuentra el restaurat Yantar.

A partir de allí el emprendimiento se consolidó y sirvió de trampolín para otras inciativas. “El 9 de julio de 1970, donde está el Banco Galicia inauguramos la confitería Ruizo, que fue la primer confitería en tener aire acondicionado central” comentó Lapiduz.

Como así también, la administración del boliche Hostal del Río, en una época que hasta la reconocida revista GENTE llegó a ubicarlo en los 5 mejores boliches bailables de entonces.
En esa época la ciudad era la perla de la industrialización y la producción entrerriana. “Cómo sería Concordia, que la confitería nueva tenía entre 50 y 60 mesas, pero los fines de semana poníamos alrededor de 100 mesas en la plaza 25 de Mayo y todo se llenaba”.

Por aquella época, por las mesas de El Ciervo, Ruizo y Hostal del Río pasaron grandes personalidades de proyección nacional e internacional "como Horacio Accavallo, Susana Giménez cuando todavía era una chica joven, Chunchuna Villafañe, Roberto Goyeneche, el Trío Galleta, Juan y Juan, Piero, por decir los que me acuerdo”, remarcó Don Lapiduz.
Sangre joven
Ignacio Lapiduz reconoce que una de las cosas que más lo emociona de estar en el actual local de calle 1° de Mayo es cuando “veo a mis nietos caminando por el local”, así como en su momento lo hicieron sus hijos, en especial Leandro, que hoy tiene la responsabilidad de respetar una historia, pero también ser contemporáneo de lo que la gastronomía exige en estos tiempos.

Es el propio Leandro el que rememora que comenzó a respirar este aire de la gastronomía “desde bastante chico”, documentándolo con “una foto que encontré en la que yo tendría unos 8 años , ahí estoy en la barra con dos barman de ese momento”.

En sus comienzos, Leandro empezó sus estudios en la ciudad de Buenos Aires para después terminarlos a distancia. Esa decisión fue porque “llegó un momento en el que mi estancia en la ciudad de Buenos Aires no daba para más, quería volver para trabajar”. El regreso no fue fácil, admitiendo que su padre -sentado al lado- “quería que sea un profesional tradicional, abogado o médico, pero yo quería volver a Concordia” para dedicarse a lo que había aprendido en la escuela del reconocido cocinero Gato Dumas.

Finalmente su padre cedió, pero le advirtió que “a partir de esto te va a cambiar todo y vas a tener una rutina para toda tu vida”. Lapiduz comentó que “siempre le digo a mis encargados que yo ahora estoy aburguesado por la estructura, pero hubo años que no fueron fáciles por mi padre”, ya que las primeras tareas encomendadas fue la de "repartir viandas de comida para lugares como la represa (de Salto Grande)". Una tarea que se realizaba "sin muchas explicaciones, bajo la lluvia, con sol, haga frío o calor, unos 300 días al año, cuando yo tenía 23 años”. Recordó esta situación como “algo bastante duro, teníamos ese reparto, pero además siempre estuvimos presentes en los eventos, y al otro día el reparto de las comidas se hacía sin dormir". A lo que se agregaba que "los lunes siempre me gustaba estar en el negocio porque era un día importante”.
Un paréntisis y el resurgir del restaurant
No obstante, con el tiempo El Ciervo perdió su nombre y su lugar, porque la familia Lapiduz decidió concentrar todo su esfuerzo en la organización de eventos. Hasta que a Leandro le surgió la idea de rescatar la firma y volver a la gastronomía. “Yo siempre soñé con tener el restaurante en el lugar que tenemos actualmente, siempre pasaba por el lugar cuando tenía otro nombre y pensaba que algún día estaríamos acá”, confezó a Diario Río Uruguay.

Pero nuevamente surgió la mirada crítica del Lapiduz con mayor experiencia. "La idea no le gustaba mucho a papá, porque sabía que este es un negocio muy sacrificado, el restaurante es una estructura que abrís todos los días sin saber qué va a suceder”. Pero se impuso el ímpetu de la juventud cuando apareció la oportunidad de adquirir el actual local frente a la plaza 25 de Mayo.

La particularidad de la historia es que el restaurante se armaba con el proyecto de otro nombre, pero “toda la gente que me cruzaba me decía que debía ponerle El Ciervo”. Sincerándose, Lapiduz contó que le “parecía un nombre un poco antiguo, pero se rindió a las recomendaciones, "pero busqué hacer un remake de la marca, con un logo más moderno, entre otras cosas”. Por eso mismo, “El Ciervo no es lo que fue, pero sí guarda el espíritu original”, redondeó.

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